Céline Cousteau: palabra de exploradora

Céline Cousteau: «Este virus muestra que a todos nos conecta un solo futuro»

Texto: Laura Zamarriego | Ilustración: Bárbara López

Céline Cousteau (California, 1972) encabeza la tercera generación de los exploradores más sonados del último siglo. La documentalista, fundadora de CauseCentric Productions, nos atiende al otro lado de la pantalla. Su mirada intensa, su tono sosegado y su capacidad conversadora se agradecen en estos tiempos de entrevistas virtuales, siempre algo más frías. Su abuelo, Jacques, y su padre, Jean-Michel, le inocularon el amor por la naturaleza. La crisis ecológica, que sus antepasados no presenciaron tan de cerca, no le hace desesperar. Al menos, no todavía: «Somos la única especie que tiene el privilegio de decidir si quiere desaparecer o no». Pero el tiempo de las advertencias se agota.

Definitivamente, el gen aventurero se hereda. ¿Qué te llevó a retomar el legado de tu abuelo y recorrer sus mismos pasos? 

Creo que es más una inspiración que una herencia. Mucha gente es hija de exploradores o aventureros y no se dedicaron a ello, y en realidad yo volví a la aventura ya como adulta. Estudié psicología, relaciones interculturales y trabajé en varios centros psiquiátricos. Me interesaba el lado psicológico del ser humano: comprender por qué hacemos lo que hacemos, nuestro comportamiento y cambios. Y, sin embargo, regresé a lo que hacía mi familia porque me sentía útil en ese campo, como el trabajo que tenía mi padre haciendo documentales. El viaje, la aventura de estar fuera en diversos ambientes, en la selva, el Ártico… eso me hacía sentir viva. Esas experiencias no son para conectar contigo mismo, sino con la naturaleza.

Hemos entrado en la bautizada como era del Antropoceno. Como psicóloga de formación, ¿qué reflexión haces de la relación del hombre con la naturaleza?

La reflexión es que podemos mirar hacia atrás, a nuestro pasado, y valorar el impacto que hemos generado en el planeta. Podemos analizar todo eso y entender mejor cómo queremos vivir en el presente. Ahora tenemos la oportunidad de escoger nuestro futuro. De vivir bien o no. Como dice mi papá, somos la única especie que tiene la opción de decidir si quiere desaparecer o no. Tenemos toda la información para saber lo que queremos hacer. Estamos en una época de tomar decisiones sobre qué queremos para nuestro futuro y el de nuestros hijos y nietos.

El cambio climático, como las pandemias, no entienden de fronteras. ¿Somos conscientes de las interconexiones del mundo en que vivimos, de nuestra interdependencia?

Tristemente, la pandemia supone una oportunidad de comprender que no hay fronteras ni límites. Algo que no podemos ver nos afecta a todos, pero eso siempre fue así. Lo mismo ocurre con el cambio climático, la deforestación, la desaparición de ecosistemas o la matanza de personas y especies. De manera simbólica, este virus nos muestra que a todos nos conecta un solo futuro, y que las decisiones que tomemos ahora no son solo para nosotros, sino para todos los demás. Si podemos retener esa idea y aplicarla a lo que está ocurriendo en el mundo, vamos a mejorar. O al menos eso espero. Mi esperanza es que aprenderemos una lección muy dura.

Cuando miras a una ballena a los ojos y ella te devuelve la mirada, comprendes tu existencia: estoy aquí, estoy viva

Has visitado el Antártico, te has adentrado en la selva amazónica con comunidades indígenas, has atravesado la cordillera de los Andes, has nadado con tiburones en la Polinesia, en Australia, el Caribe… ¿Cuál ha sido tu mayor aprendizaje?

Mi mayor aprendizaje es haber adquirido una conciencia de nuestra interconexión con la naturaleza. Somos una especie interconectada con otras, con la diferencia de que nosotros podemos crear computadoras e irnos a otros planetas gracias a nuestra inteligencia y creatividad. Pero solo somos una especie más, un mamífero, y eso es un sentimiento que me genera tranquilidad. Cuando miras a una ballena a los ojos y ella te devuelve la mirada, comprendes tu existencia: estoy aquí, estoy viva. Yo he podido sentir cómo una ballena me miraba y, de alguna manera, me aceptaba. Eso es enorme. También he aprendido mucho de los indígenas del Amazonas, especialmente sobre la supervivencia. Olvidarte el cable del iPhone en la oficina no es un problema. La extinción, las talas ilegales, la matanza, la destrucción, eso sí son problemas. Ha sido necesario irme, vivir la intensidad del mundo y regresar a mi casa para darme cuenta de que tengo todo lo que necesito.

Tu reflexión ayuda a entender una realidad dual, que es muy obvia, pero que muchas veces se nos olvida: somos todos diversos y, a la vez, todos iguales. Somos únicos, pero insignificantes.

Efectivamente. A mí me gusta esa dualidad porque, cuando uno se cree saberlo todo, se da cuenta de que no sabe nada.

En tu último trabajo, Tribes on the Edge, cuentas la historia de supervivencia de los pueblos indígenas en el Valle de Javari, en el corazón del Amazonas. Háblanos de esas comunidades.

Esos pueblos con los que trabajo, que son de la Amazonía brasileña, del Valle de Javari, cerca de Perú y Colombia, viven al ritmo de la naturaleza y lo sienten todos los días. Allí comprendí que actualmente estamos en un momento de regreso, de reaprender a vivir en equilibrio con la naturaleza. Ahora lo sentimos más lejano porque estamos en edificios, tenemos internet y grandes distracciones, pero si tuviésemos que vivir al ritmo de la naturaleza estaríamos más en equilibrio y armonía con ella. Conversando con un miembro de las etnias de allí, él me dijo: «Céline, calma. Los problemas existen: nosotros tenemos enfermedades, invasores, y todo desde hace varias generaciones. Tú debes respirar y pensar en el futuro. No solo en lo que puedes hacer hoy». Eso es muy de la cultura occidental. Queremos hacerlo y tenerlo todo rápido. La idea es que debemos pensar en realizar acciones para las próximas siete generaciones. El tiempo es el bien más preciado. ¿Qué queremos hacer con él?

En el Amazonas comprendí que actualmente estamos en un momento de regreso, de reaprender a vivir en equilibrio con la naturaleza

Ese ritmo frenético ha marcado el desarrollo de los dos últimos siglos, acelerando y exacerbando la crisis ecológica. Hay un millón de especies en el mundo que están al borde de la extinción. Una de cada ocho. ¿Qué viene después de esa dramática pérdida de biodiversidad?

La biodiversidad es equilibrio. No porque un pez vaya a desaparecer hay que pensar que el mundo se va a acabar, aunque el equilibrio sí se rompe. Es como si sacas un pedazo de esquina inferior de un edificio: pierde el equilibrio. Eso es la biodiversidad. Y ese efecto llega hasta nuestras farmacias, porque los medicamentos que tomamos tienen su origen en la naturaleza. Tribes of the Edge, el documental que hicimos, nos llevó a crear el Proyecto Javari, donde proponemos hacer un análisis de la biodiversidad del Valle para entender lo que hay allí y lo que se pondría en peligro si no lo protegemos. A lo mejor allí hay soluciones para la diabetes o el cáncer. Hay que ver a los indígenas como los protectores de esa biodiversidad de la cual dependemos todos.

¿Hacia dónde debe transformarse nuestro modelo de producción y consumo, hasta ahora basado en un modelo tan lineal?

Yo creo que debemos pensar en la permacultura como una opción y mantener una agricultura más natural. Eso puede hacerse a pequeña y gran escala, aunque esta última no creo que sea necesaria, justo porque la permacultura permite tener más en menos espacio. La naturaleza se hace a sí misma. Todos somos capaces de hacer algo, y esa capacidad es un acto de empoderamiento. Que todos podamos decidir qué hacer, aunque la pasión de unos no sea la misma que la de otros. A mí me apasiona mi trabajo, lo que hago en el Amazonas y en los océanos, pero si alguien siente pasión por los perros de la calle o porque los niños coman mejor o tengan una mayor educación… que se involucre. Eso es lo más importante, porque se asegura que lo hará todos los días.

¿En qué medida la tecnología y la inteligencia artificial pueden ayudarnos a predecir y combatir la emergencia climática?

Creo que la tecnología es una herramienta que se puede utilizar para la conservación. Es lo que vamos a hacer con el Proyecto Javari: utilizar la tecnología y la IA para analizar la biodiversidad de la región de forma que no podríamos hacer eficientemente con seres humanos sobre el terreno. No debemos tener miedo a la IA. Evidentemente, se puede utilizar mal, pero, con buenos fines, es una herramienta muy eficaz.

Tu trabajo ahora mismo está focalizado en la educación y la divulgación. ¿Tienes esperanza en las nuevas generaciones?

Yo tengo mucha esperanza puesta en los jóvenes. Ellos tienen más posibilidades de actuar, por ejemplo, a través de las redes sociales. Creo que esta herramienta es increíble porque proyecta voces e ideas. Tenemos más acceso a información, aunque a veces sea demasiada y se pueda perder en el vórtice de YouTube, pero uno puede buscarse su propia educación para exprimir sus conocimientos. A través de la educación podemos dar poder a la siguiente generación. Ese es nuestro deber. Las generaciones anteriores estábamos en fase de descubrimiento o exploración, y ya al final de la vida de mis abuelos, ellos entendían el impacto que dejamos en el medio ambiente. Las generaciones más jóvenes son conscientes de que estamos regresando a esa conexión con el planeta, quieren vivir lo mismo que yo aprendí con los indígenas en el Valle del Javari, que ese equilibrio es necesario para nuestra supervivencia.

Todos somos capaces de hacer algo, y esa capacidad es un acto de empoderamiento

¿Cómo debería integrarse la educación ambiental en las aulas?

El aprendizaje medioambiental debería ser obligatorio en los estudios, igual que aprendemos matemáticas. Para sobrevivir como humanos, debemos aprender a mantener el equilibrio con la naturaleza. Por ejemplo, mi hijo, que está en una escuela pública en Francia, tiene que hacer presentaciones sobre medio ambiente y su grupo ha escogido la polución marina. También se les ponen unos objetivos: comer un día dieta vegetariana, ir a la escuela caminando, hacer un kilómetro de bicicleta… Es realmente un desafío. No tienen que ser cambios enormes, ni una cuestión política. No son cosas supercomplicadas. Los niños lo saben y entienden. Mi hijo tiene 8 años y medio y eso es algo que le anima. No tiene que ser estricto. Debemos olvidar la idea de que la educación debe ser algo muy cuadriculado. Debería ser algo que salga del corazón, del instinto.

Solo protegemos aquello que amamos. Pero activar ese amor por la naturaleza y esa consciencia de que somos parte de ella es muy difícil…

Creo que nacemos con esa sabiduría. Cuando supe que estaba embarazada, decidí, sin pensarlo, que yo confiaba en que mi hijo iba llegar a este mundo con todas las conexiones que necesitaba y que mi trabajo como madre era fortalecerlas. Era decir: «okey, tú ya estás conectado con el mar y el bosque, y yo solo debo mantenerlo vivo y no olvidarlo». Nuestro trabajo es reforzar y nutrir este sentimiento por la naturaleza.

Hemos entrado en una nueva década, que la ONU ha denominado «Década de Acción» para el desarrollo sostenible. ¿Qué mensaje lanzarías para que esta llamada a la acción no se quede en la sede de Naciones Unidas y llegue a cada uno de los parlamentos, a los consejos de administración de las empresas, a nuestras ciudades, nuestros barrios, nuestros hogares y a nuestra cesta de la compra?

Esto nos remite a la idea de educación. Debemos pensar en la idea general de educación del ser humano, no solo de los niños. Hay que penetrar en la vida diaria de cada persona, porque las entidades y las corporaciones ya saben cuáles son los retos de la Agenda 2030, los ODS, etc. Nosotros, los consumidores, debemos demandar y hacer de nuestra fuerza el cambio, porque es una manera de decir que una empresa no lo está haciendo bien y que eso pone nuestro futuro en peligro. Si hacemos esto a gran escala puede tener un impacto importante. Y lo espero, porque nuestra respiración está en peligro. Eso lo repito desde que trabajo en el Amazonas: si desapareciese ese gran pulmón, que supone el 20% de nuestro oxígeno, no podríamos vivir. No es posible. No es una enorme cuestión teórica relacionada con el cambio climático, sino un motivo de supervivencia que empieza con nuestros hábitos de compra, de alimentación, con la energía que consumimos, la gente con quien estamos, el respeto que tenemos el uno por el otro… Todo está conectado.

 
Tribes on the Edge - A Céline Cousteau film (trailer)
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